Hace 30 años eran más de cien, ahora solo quedan tres. Tienen la piel curtida por el sol y las manos fuertes como los hierros del antiguo taller de trenes. Desde tiempos inmemoriales, las burreritas de Sapucai suben y bajan la empinada loma, llevando productos frescos a una ciudad que hoy es un pueblo fantasma.




