Una de mis abuelas era chipera, barrereña para más datos, y no tengo mejor recuerdo de ella que sus manos ofreciéndome "el chipá" recién salido del tatakua. Mi otra abuela en cambio, poco sabía de secretos y recetas, pero su picardía daba al chipá las más impensables formas y con eso, nos hacía felices.
Este es un homenaje para ellas, ya que por fortuna, la tradición de hacerla así, en familia, y con el cariño como mejor ingrediente, es algo que se renueva cada Miércoles Santo. Muchas nietas y nietos guardarán como el más preciado tesoro aromas, sabores y texturas de este "pan sagrado" de la Semana Santa paraguaya.
“Ko’apente ore roju porque ko’ápe idegustoiterei la ýpe jaiko. Ao ky’a ko’ape ipotĩporãve. Hy’akuã y asy opyta” * Nos dice una de las mujeres mientras golpea con una palmeta la ropa enjabonada como exorcizándola.
Pero de toda la frase, dos expresiones se quedan latiéndome: “ýpe jaiko” es una de ellas y como ya escribiera Andrés Colmán Gutiérrez en “Mujeres del agua” no significa “lavar la ropa” sino “vivir en el agua". “Hyakuã y asy opyta” es la otra y me cala más hondo aún: ¡¡La ropa limpia huele a agua!!, ese es su perfume.
Y en estos tiempos de lavarropas automáticos, jabones líquidos y suavizantes, envidio el olfato de estas mujeres que reconocen el aroma del agua y que todavía, un par de veces por semana, se reúnen en el mítico Ycua jesuítico de la ciudad de Santa maría, allá en Misiones, para mantener vivo el rito.-