Vamos por la vida acariciando gatitos callejeros, bautizándolos, recibiendo a cambio su cariño en ronroneos, roces y maulliditos. A veces nos siguen y es una pena no poder llevárnoslos a casa. Ya será -me digo a mi misma- y se que vos pensás igual.
Nunca antes he tenido mascotas (demasiado rigor hogareño, tal vez), pero ahora que puedo me siento responsable de esa vida tibiecita que nota mis tristezas y de algún modo las combate; que percibe mis alegrías y muchas veces incluso las provoca.
Una de mis abuelas era chipera, barrereña para más datos, y no tengo mejor recuerdo de ella que sus manos ofreciéndome "el chipá" recién salido del tatakua. Mi otra abuela en cambio, poco sabía de secretos y recetas, pero su picardía daba al chipá las más impensables formas y con eso, nos hacía felices.
Este es un homenaje para ellas, ya que por fortuna, la tradición de hacerla así, en familia, y con el cariño como mejor ingrediente, es algo que se renueva cada Miércoles Santo. Muchas nietas y nietos guardarán como el más preciado tesoro aromas, sabores y texturas de este "pan sagrado" de la Semana Santa paraguaya.
“Ko’apente ore roju porque ko’ápe idegustoiterei la ýpe jaiko. Ao ky’a ko’ape ipotĩporãve. Hy’akuã y asy opyta” * Nos dice una de las mujeres mientras golpea con una palmeta la ropa enjabonada como exorcizándola.
Pero de toda la frase, dos expresiones se quedan latiéndome: “ýpe jaiko” es una de ellas y como ya escribiera Andrés Colmán Gutiérrez en “Mujeres del agua” no significa “lavar la ropa” sino “vivir en el agua". “Hyakuã y asy opyta” es la otra y me cala más hondo aún: ¡¡La ropa limpia huele a agua!!, ese es su perfume.
Y en estos tiempos de lavarropas automáticos, jabones líquidos y suavizantes, envidio el olfato de estas mujeres que reconocen el aroma del agua y que todavía, un par de veces por semana, se reúnen en el mítico Ycua jesuítico de la ciudad de Santa maría, allá en Misiones, para mantener vivo el rito.-
Hace 30 años eran más de cien, ahora solo quedan tres. Tienen la piel curtida por el sol y las manos fuertes como los hierros del antiguo taller de trenes. Desde tiempos inmemoriales, las burreritas de Sapucai suben y bajan la empinada loma, llevando productos frescos a una ciudad que hoy es un pueblo fantasma.
A 161 km de Asunción, las aguas del Río Tebicuary reciben de esta forma a quienes lleguen a Caapucú, o Villa Florida, según la orilla … Porque ni el viajero de paso resiste la tentación de dejar sus huellas en esta playa, que a su vez, deja sus huellas en él.-
La ciudad nos recibe con su maraña: autos, trámites, vidas que se cruzan tejiendo y destejiendo desencuentros. Ignoramos quién mueve los hilos de esta trama, pero el cablerío que la adorna, parece una buena metáfora de este enredo. -